dilluns, 24 de desembre de 2012

Los nuestros (II)



Capítol II.

"Si algo irritaba al abuelo, éste fruncía el ceño y exclamaba con voz profunda:
- ¡Tu UTAMÁ!
La misteriosa expresión literalmente paralizaba a quienes se hallaban a su lado. Les infundía un pavor místico.

(...)

Mi madre nunca llegó a descifrar el sentido de aquella expresión. Yo tardé muchos años en comprenderla. Sólo cuando fui a la universidad, inesperadamente, caí en ello. Pero yano se lo expliqué a mi madre. ¿Para qué?

(..)

Alrededor del abuelo se creó una zona peligrosa de metro y medio. La longitud de su bastón...
A menudo trato de comprender por qué mi abuelo era tan hosco, qué lo había convertido en un misántropo..."


“La vida del tío Leopold se me aparecía cubierta por una exótica nebulosa. Había en él algo de los héroes de Main Reed y de Cooper. Durante largos años, su suerte excitaba mi imaginación. Ahora ya se me ha pasado”


Capítol IV.

“Estarán de acuerdo conmigo en que el nombre determina en gran medida el carácter y hasta la biografia de una persona.

Anatoli casi siempre es un sinvergüenza y camorrista.
Borís, un colérico dado a la gordura.
Galina, una metomentodo, chillona y vulgar.
Zoia, una madre soltera.
Alekséi, un bonachón con poco carácter.
El nombre de Grigori me sugiere cierto bienestar material.
El de Mijaíl, la sorda premonición de una muerte trágica y temprana. (Acuérdense de Lérmontov, Koltsov, Bulgákov...)
Y así sucesivamente."


Los nuestrosSérguei Dovlátov (Áltera, Barcelona, 1999)


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