divendres, 31 de gener de 2014

31 gener 1939. Memorias de un cero a la izquierda.

El viaje de La Agullana a La Jonquera, última localidad española, es muy corto, pero invertimos en él varias horas. Necesitaría poseer la pluma de Dante para reflejar lo que allí vi. Un corazón sensible como el mío, como el de muchos que me acompañaban, no podía contemplar si angustia, sin horror, sin indignación el espantoso espectáculo de miles y miles de seres humanos, hacinados, amontonados, pisoteados a lo largo de la carretera, bajo la lluvia, el frío y la nieve, en espera de que a las autoridades francesas les viniese en gana abrirles la puerta. La línea divisoria estaba fuertemente guardada por negros senegaleses y guardias móviles de expresión siniestra, con ametralladoras prestas a barrer todo conato de penetración no autorizada. Enfermos, niños y ancianos perecían de cansancio y de frío; hubo mujeres que dieron a luz en la cuneta y estrechaban luego contra sus ubres flácidas el cadáver del feto. Los carabineros iban y venían pidiendo papeles, con objeto de impedir que se salvasen cuantos más mejor. Donde debimos haber encontrado a la Cruz Roja, encontrábamos al Diablo Negro. Estupidez, egoísmo, dureza de corazón. Ametralladoras en lugar de ambulancias; fusiles en lugar de brazos abiertos... Verdad es que no dejamos de ver algunas damas -católicas por cierto- que impartían auxilios en la medida de sus posibilidades, que no eran muchas. La República, hundida por su propias culpas y las culpas ajenas, disponía aún de muchos millones, però no de unos cochinos centenares de miles de francos para atender, alimentar y hospitalizar a tantos desdichados que se hallaban allí por haberla servido...

En medio de mi desgracia me tocó en suerte figurar entre los afortunados que traspusimos la frontera la misma tarde. Se lo debimos una vez más a Pi y Suñer y a Bosch Gimpera, que se multiplicaron para salvarnos. Muy cerca de la línea de demarcación todavía los aduaneros del gobierno estuvieron a pique de retener al hermano mayor de Anna Muriá, que acababa de cumplir 17 años. Mi hijo Rodolfo, que nos los había cumplido, le pasó a hurtadillas su cédula personal y así sorteó el peligro. ¿Qué ganaba la carroña de nuestro régimen insepulto con dividir a una familia e incorporar a la muerte a un jovencito? ¿No le bastaba con la carne y la sangre de mi propio hijo, tal vez ya muerto y enterrado, cosa que yo no podía saber? A mi no me inquietaron; iba a cumplir 48 años pero aparentaba muchos más que hoy, por el dolor, las privaciones y las miserias. En cambio sí se metieron con Guansé, ligeramente más joven que yo. No me explico qué refuerzo pudo haber significado el gran escritor, físicamente enclenque, para las fuerzas de choque con que el gobierno pretendía reconquistar la República. Guansé era un poquito sordo, fingió serlo mucho y por lo visto lo declararon inútil para el servicio. Hubiera sido un verdadero escándalo que se lo llevaran a morir, mientras otros sujetos del mentado Institut se hallaban ya en seguridad en territorio francés.

Traspuesta la barrera, examinados nuestros documentos, de tipo colectivo, se nos destina al hórrido campo de concentración del Boulou. Advertida la maniobra, Bosch Gimpera vuela con su coche a Perpiñán y consigue que el Prefecto rectifique la orden. Entramos en el pueblo del Boulou y...


Memorias de un cero a la izquierda
Josep Maria Francès
(Mèxic, 1962)
* Aquesta entrada ha estat possible gràcies al cop de mà de Neus Pinart


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